Apostaría a que muy pocos, y merece la pena. Vassili Kalinnikov, músico ruso (1866-1901), nació en una familia sin recursos y vivió también sin recursos para morir joven y en medio de una pobreza absoluta. Sin dinero para entrar en el conservatorio de Moscú, sobrevivió como músico ocasional tocando el violín y otros instrumentos hasta que Tchaikovsky “lo descubrió” cuando tenia 26 años y le proporcionó una recomendación para trabajar en dos teatros. Su carrera parecía al fin encauzada, pero fue justo entonces cuando sufrió el embate de una enfermedad letal en su época: la temible tuberculosis. Abandonada Moscú, casi en la indigencia y encerrado los últimos siete años de su vida en un balneario de Yalta en unas condiciones míseras que espantaron cuando fue a visitarlo a Serguei Rachmaninov, su sostenedor entonces y que también apreció algo distinto en su música, compuso entre obras menores dos sinfonías maravillosas. ¿Por qué maravillosas? Porque emanan tal alegría, tal fuerza, tales ganas de vivir, que uno jamás creería que están escritas después de una vida tan truncada y en aquel ambiente de muerte en que le tocó componerlas.
Si una de las “innovaciones” de Mahler, que fue tan meticulosamente descriptivo en los subtítulos que acompañaban los movimientos de sus primeras obras, consistió en abandonar después esa tendencia para que el significado de la música no fuese “dirigido” por su autor, como sucedía hasta entonces, y que ésta pudiese expresarse a sí misma, yo me atrevería a decir que la música de Kalinnikov alcanza a expresarlo todo, pero de un modo sublime además, ya que transforma el dolor en alegría, la agonía en plenitud, la dificultad en oportunidad… La imposibilidad en posibilidad.
Esto es lo que asombra de las dos maravillosas sinfonías de Kalinnikov: que más allá de que al igual que otras músicas le levanten a uno literalmente del asiento, es, a diferencia de ellas, que están compuestas por alguien que en plena juventud, después de haber encontrado sólo dificultades en su vida, justo cuando empezaba a despuntar, sabe que se muere sin remedio.
Sobran los comentarios.