El ser humano ha luchado desde siempre –agotada ya desde su planteamiento la posibilidad de una inmortalidad más allá de lo puramente simbólico- por lograr la máxima longevidad. Hábitos, recetas, elixires milagrosos y hasta filosofías de vida surgidos en muchos lugares del planeta han tratado una y otra vez de mostrarnos el camino. Pero la longevidad de poco vale si no va acompañada de la salud. Por eso es en Okinawa, un archipiélago situado en el Mar del Japón, donde parece hallarse la mejor receta para acercarse al máximo a esa codiciada meta. En Okinawa, donde se dan las tasas más bajas del mundo en cáncer, osteoporosis y cardiopatías, es fácil encontrar “ancianos” de más de cien años trabajando con buen humor mientras gozan de una salud de hierro.

¿En qué consiste su receta? En nada que no podamos hallar también en occidente, pues todos sus componentes se encuentran a nuestro alcance. Utilizarlos adecuadamente, como ellos, depende sólo de nosotros. Una alimentación apropiada, ejercicio físico regular (tai-chi, jardinería y otras actividades de aire libre), un concepto positivo de la vida y un alto grado de espiritualidad son, según un exhaustivo estudio recientemente publicado (1), todos los “secretos” de la longevidad en Okinawa. Porque para los okinawenses, vivir es alimentarse bien, pero también lo es creer en lo que se hace, estar satisfecho con uno mismo y ser solidario con los demás. En definitiva: dar sentido a la propia vida.

El soporte de todo lo constituye la alimentación. No se trata de un conocimiento único, o de un conjunto de recetas mágicas, sino en tomar lo adecuado en las dosis adecuadas. Es decir: qué comer y cuándo y cómo comerlo. En primer lugar, los okinawenses siguen una dieta siempre baja en calorías y basada en vegetales (frutas y plantas incluidas), cereales integrales, derivados de la soja y pescados ricos en Omega-3 (salmón, atún, etc.). En segundo lugar, realizan unas comidas muy variadas en alimentos y a base de cantidades pequeñas de éstos (recordemos los cuencos típicos de vajilla japonesa). Así, considerando como una “ración” el contenido de uno de esos cuencos, los okinawenses toman al día de siete a trece raciones de vegetales, de siete a trece de arroz, o pasta, o  pan, o cereales integrales, de dos a cuatro de fruta, de dos a cuatro de productos derivados de la soja, y de una a tres de pescados ricos en Omega-3, todo ello junto con abundantes cantidades de té y moderadas cantidades de aceites vegetales, hierbas y otros condimentos bajos en sal. El consumo de proteínas de origen animal (carnes, aves, huevos, lácteos) no excede de las siete raciones semanales y el de dulces no supera las tres, también semanales. No hay productos tajantemente prohibidos, ni siquiera el alcohol, si bien el cuidado de nuestra salud abogará por un consumo lo más reducido posible o, idealmente, por su completa erradicación.

En resumen: podemos seguir haciendo nuestras tres comidas diarias, aunque cuidando de ajustar al máximo la proporción de alimentos ingeridos a la señalada en el sistema de raciones, y aunque no sea preciso comprar una vajilla japonesa para poner en práctica correctamente esta dieta, ¿no sería una decisión bien tomada si de ella dependiese iniciar nuestro camino hacia una feliz y saludable longevidad?

 

Angel Lozano