Vaya por delante una declaración de principios que además resulta ser una verdad universal: a nuestros Mayores les debemos la vida. Pero no me refiero a la biológica, que también, sino la otra: la de la prosperidad, la de la comodidad, la del bienestar. Y no hablo del blu-ray, del móvil con internet, del tren de alta velocidad, del coche con aire acondicionado… Hablo de la casa, del colegio, del hospital, del centro comercial, del supermercado, de la piscina climatizada… Es decir: de nuestra capacidad, de nuestros medios. De nuestras posibilidades.

Con la edad, es obvio que uno tiende a adquirir una sensación de aislamiento, cuando no de extravío –basta fijarse en nuestros Mayores, cómo se ubican ellos mismos en el mundo-, acentuada por la soledad, que en algunos casos tiene el agravante de ser provocada –abandono-, y más en una sociedad en la que todo cambia tan deprisa, y por eso, ante el dinero, su actitud tiende a verse dominada por una sensación de precariedad. Lógico: ante una vida que sienten que ya no controlan, la capacidad económica supone hasta para alguien joven una posibilidad de controlar, o al menos de sentir que uno aún puede controlar, que no está indefenso, desvalido ante lo que pueda ocurrirle o con miedo a convertirse en una carga más.

Ante esa situación, reducirles su dinero es un verdadero sacrilegio, porque agrava esa sensación de indefensión, además resultar un verdadero desprecio. Porque ellos, nuestros Mayores, llevan arrimando el hombro toda su vida para darnos lo que tenemos. De modo que, en tal caso, lo que habría que hacer es darles más todavía, si no por amor, que sería lo suyo, sí al menos por respeto, y si no, como mínimo, por agradecimiento.

¿Qué ocurre? ¿Que no hay más remedio que “quitarles” porque cada vez son más y las arcas públicas no dan para tanto? Pues si son muchos, mejor: eso quiere decir que aún están entre nosotros, que aún tenemos la oportunidad de darles nuestro cariño, de mostrarles nuestra gratitud y nuestro reconocimiento. ¿Qué pasa? ¿No hay ningún otro sitio del que quitar? Se me ocurre, por ejemplo: ¿no hay por ahí aeropuertos construidos en mitad de la nada que jamás se usarán, campos de golf muertos de abandono antes de nacer, monumentos de coste escandaloso y hasta de dudoso valor ornamental que no son sino monumentos a loa pedorrez mental de los dirigentes que los encargaron? La lista podría ser aterradoramente larga. ¿Y por haber hecho esas lindezas, entre otras, ahora se lo quitan a ellos? ¿Y se miran al espejo por la mañana después de hacerlo? ¿Qué piensan al verse? ¿Se sienten orgullosos de su aportación al mundo? ¿Qué se les pasa por la cabeza cada año que, también ellos, cumplen un año?

Pero luego está la otra cuestión, que también es importante: el valor que los propios Mayores se otorgan a sí mismos. Porque si hay algo que no me gusta en la consideración en que se tiene a los Mayores, y es esa visión de él como pasado, como alguien que ya fue y que ya hizo, y al que ahora, por su naturaleza, por su edad, corresponde un papel pasivo, creo que esa consideración es fomentada muchas veces también por los Mayores, cómplices sin darse cuenta de esa percepción. Pero ¿cómo darle vuelta a eso?, ¿cómo convertirse en alguien activo, en alguien que aún está y que aún puede hacer?

Si hay algo que me gusta del nuevo paradigma mundial como consecuencia del cambio que está operándose con el advenimiento de la globalización y el paso de la vida analógica a la vida virtual, es que nuestros Mayores pueden volver a tener en ella un lugar privilegiado. Porque después de una época en que ha sido la prevalencia de la energía física la que ha dominado –y por lo tanto de la juventud-, el nuevo paradigma otorga más valor a la energía emocional y a la energía intelectual. Más al saber hacer que a la simple fuerza del hacer. El único problema aquí para nuestros Mayores es el del cambio, el de
la rapidísima evolución del conocimiento, de las cosas, ante el cual la “simple experiencia” no sirve de nada si no se actualiza, pues deja de ser valiosa de una año para otro al volverse anticuada.

Por eso es preciso que nuestros Mayores adopten también una actitud de “seguir trabajando”. ¿Para quién? ¡Para ellos mismos, tal vez después de una vida haciéndolo para otros! Abandonar la mentalidad de retiro al llegar a una edad o ante la finalización de la vida “laboral” y sustituirla por otra de actividad, de seguir estando presente, de seguir siendo útil, de seguir adelante. Dejar de verse como pasado y comenzar a hacerlo como presente. El mundo ha cambiado como ha cambiado, independiente de que nos guste o no hacia dónde, y si se quiere seguir en él lo primero que hay que hacer es creer que esto es posible.

Vuelven los tiempos en los que la edad puede ser un verdadero patrimonio, un valioso activo, aunque sea de un modo distinto a como lo ha sido anteriormente. El mundo empieza ya a saberlo. Sólo falta que nuestros mayores, después de una amarga travesía del desierto, vuelvan a creérselo. Claro que, de lo que dependen para eso ya no es de una ayuda del Estado, sino de que cada uno de nosotros, con nuestra consideración hacia ellos, los dejemos.

Angel Lozano