Sobre la fachada del Parque de Bomberos de Las Rozas (Madrid) hay desde hace tiempo una pancarta que dice: “NOS SOBRA ESPERANZA. NO TENDRÉIS PAZ SIN JUSTICIA. BOMBEROS QUEMADOS”.

Hace unos días, mi hijo, que tiene nueve años, me preguntó: “Papá: ¿qué quiere decir eso?”. Yo traté de explicárselo más o menos así: “Hacen juegos de palabras. Que les sobra esperanza puede querer decir que tienen toda la esperanza del mundo en que algún día los que mandan les darán lo que reclaman, a la vez que para eso es preciso que deje de ser presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre, porque piensan que mientras ella siga siéndolo no se lo darán. Lo de paz sin justicia puede querer decir que, como lo que reclaman es justo, los que mandan no vivirán tranquilos ni serán felices hasta que hagan justicia dándoselo. Y lo de bomberos quemados, que están hartos de que no les hagan caso, y hacen el juego de palabras como si el fuego realmente hubiese podido con ellos, en lugar de ellos con el fuego.”

“¿Ah, sí?”- respondió mi hijo-. “Pues yo creía que era otra cosa. Yo creía que lo de nos sobra esperanza lo decían porque siempre van a querer seguir ayudando a la gente; que lo de no tendréis paz sin justicia se refería a los que provocan los fuegos, para que paren ya, y lo de bomberos quemados era por sus compañeros que han muerto tratando de apagar los incendios”.

La interpretación me dejó perplejo. Era la visión de un niño. Alguien con nueve años que aún no ha franqueado la puerta, ancha y engañosa, de los caminos retorcidos del mundo, donde los adultos nos empeñamos en perdernos constantemente.

Yo no sé si los bomberos tienen razón en sus reivindicaciones. No sé si es (era) Esperanza la que la tiene (la tenía). Ni siquiera sé si era cosa de ella. Además, ahora se ha ido y ya no está, aunque mi hijo no me ha dicho nada de eso. Pero hay algo que sí sé, y es que los bomberos, como tantos otros a los que ni siquiera tenemos en cuenta y de los que ni siquiera nos acordamos, se merecen mucho, y seguramente mucho más de lo que probablemente reciben. Porque su trabajo, como el de esos tantos otros, consiste nada menos que en jugarse la vida.

Pensémoslo durante un instante: Hoy me levanto para ir a trabajar y ¿qué es lo que me dispongo a hacer? ¡Voy a jugarme la vida! ¿Cuántos firmaríamos eso sin esperar, además, a formular la siguiente pregunta: “y a cambio de qué”?

“NOS SOBRA ESPERANZA PARA SEGUIR AYUDANDO A LA GENTE. JUSTICIA CON LOS QUE QUEMAN. NUESTRO RECUERDO PARA LOS QUE HAN DADO SU VIDA”…

Esta es la visión de un niño de nueve años. Aprendamos.

Angel Lozano