Acaba de tener lugar una huelga y, una vez más, ha habido quien ha dicho sí y quien ha dicho no, y entre los que han dicho que sí (y curiosamente sólo entre estos) todos hemos visto actuar a una minoría de mediocres, a los que sea o no válido su criterio, tengan o no razón, se la otorgan a sí mismos porque sí, porque ellos valen más que nadie, saben más que nadie…, y en consecuencia han agitado, provocado, violentado, coaccionado, amedrentado, amenazado…, dejando de paso en mal lugar a quienes la han llevado a cabo con nobleza.

Este es uno de los graves problemas del mundo, lo ha sido desde el principio de los tiempos: la existencia de individuos que, manden u obedezcan, están enfermos de ego y para los cuales nadie más que ellos tiene ni idea. Miran por encima del hombro, desprecian al resto, tratan de ocupar puestos relevantes –y lo grave es que lo consiguen- porque así consideran que han alcanzado el lugar que les corresponde, y lo hacen a toda costa, porque en su cortedad mental, en su mezquindad, ven en el otro al enemigo sin darse cuenta de que éste, al no sufrir su patología, no lo es en absoluto, sino que incluso podría ser lo contrario.

Pero los mediocres actúan desde su lado oscuro y vampirizan, viven de su necesidad de destruir, se alimentan de su miedo, de su complejo de inferioridad mal encubierto, y esquilman, destruyen, arrasan, anulan…, sólo por si acaso. Cualquiera mejor que ellos –y cualquiera lo es- es el enemigo, el peligroso, el que puede usurparles –les alerta su insania- lo que hayan conseguido. Y lo terrible es que los mediocres están encarnados en todos los estamentos: en el empresario, en el empleado, en el dirigente, en el dirigido, en el joven, en el adulto, en el padre, en el hijo, en el pobre, en el rico… La mediocridad no tiene nada que ver con el estatus socioeconómico ni con ningún factor externo, pues ataca por igual al intelectual y al iletrado, al racional y al intuitivo, al teórico y al práctico, al esteta y al que vive instalado en la mayor ordinariez. Pero lo malo de la mediocridad, lo realmente pernicioso, es que se instale en el inteligente, porque le hace creerse lo que no es: alguien superior. Y lo peor es que cuanto más inteligentes son los mediocres más sutiles se vuelven, pues se esconden, se camuflan, se mimetizan de un modo magistral con su entorno hasta hacerse imperceptibles a no ser por el tufo.

Y así es como sigue el mundo en manos de esta gentuza. Porque el otro, el normal, no entiende de guerras inventadas ni es algo que le interese, aunque también luche denodadamente por ocupar su lugar en él. Pero su lucha es incruenta, sin victoria, sin derrota, aunque sepa de antemano que muy probablemente perderá cualquier batalla en que le toque enfrentarse a un insigne mediocre.
Este hecho aislado, el de una huelga, ha sido sólo un escenario, otro más, para que esa minoría de mediocres haya campado a sus anchas, porque cada día hay cientos, miles de escenarios, no hace falta acudir a la cosa pública, pues en la vida privada les sobran las oportunidades de clavar sus sucias garras: en el trabajo, al volante, durante un simple café, al cruzar una calle… Al establecer cualquier relación humana.

Y como esto de la mediocridad es a pesar de todo algo difícil de percibir, que se siente cuando a veces ya es demasiado tarde, lo aterrador es que no existen señales que adviertan: “¡Peligro: socavón! ¡Mediocres at work!”

Angel Lozano