En estos últimos tiempos no se habla de otra cosa, todos sabemos por qué. La palabreja despierta ilusiones y esperanzas en unos, aterra a otros… El hecho es que no deja indiferente a nadie. Pero ¿qué es la independencia? Desde el punto de vista del lenguaje es el antónimo de dependencia, es decir –sin consultar el diccionario de la RAE-, la referencia a una situación en la que no se depende de algo. Y la cuestión es: ¿es posible no depender de algo? Tanto considerados individualmente como colectivamente (sociedad, agrupación, comunidad, autonomía, nación…) es innegable que dependemos de poderes cuyo control nos es ajeno y que tienen una existencia muy al margen de nuestra idiosincrasia, de nuestra cultura, de nuestro idioma, de nuestras fronteras…

Hace tiempo, no recuerdo dónde, leí este haiku: “Todos somos esclavos, pues cada uno de nosotros sirve a alguien: uno sirve al amor, otro sirve al odio, otro sirve a la ambición, otro a la desidia, otro a la lealtad, otro a la traición, otro al placer, otro al dolor… La libertad tan altamente alardeada puede no ser más que una ilusión.”
Tal vez no sea para tanto. Tal vez hasta llegar a la esclavitud haya grados y ni siquiera se llegue tan allá, pero como los hay hasta llegar a la libertad, y sin duda es legítimo preguntarse también si es posible llegar tan acá.

Trasládese el asunto a la múltiple coexistencia de leyes y prácticas económicas que no conocen ni de soberanías ni de separaciones de estados, al campo interconectado e interferente del cambiante mundo social, a la inextricable red de organizaciones políticas supranacionales, al alambicado mundo de la creciente tecnologización de nuestra vida, al fenómeno ya absolutamente inevitable -incluso para los que abominan de ella- de la globalización, y sobre todo al hecho de que esta se infiltra y condiciona cada vez más todos los ámbitos de la vida en el planeta, y con todo ello en perspectiva obsérvese el resultado.

Por eso, cuando un individuo o un pueblo quieren sentirse libres de decidir cuál ha de ser su destino, tan obtuso me parece empeñarse en pretender que algo sea para siempre –hace dos mil años éramos todos romanos y hace bastantes menos medio mundo era España-, como pretender ser independiente sin pararse a pensar si, según están las cosas ahí fuera y visto cómo funciona el sistema, no será mejor depender un poquito. Al menos por el momento.

Angel Lozano