Hoy he cocido unas verduras.   No suelo recurrir a la verdura ya cortada y preparada para cocinar, sino que prefiero seleccionar de entre todas aquellas coliflores, brócolis, zanahorias y calabacines aquellos cuya presencia reclama mis sentidos.

Pero sucumbí a la premura del tiempo, a la falta de esa escasa materia que se nos desvanece entre los recovecos mas misteriosos del día y en el que se esconden los minutos que se deslizan y desaparecen, dejándonos desamparados en el último momento, justo cuando ya es hora de regresar a casa y preparar la cena.

Embolsados esta vez, en un plástico crujiente y de sencillas instrucciones al dorso sobre su preparación, mi sorpresa fue grande cuando vi que directamente podía meter la bolsa en el microondas con la verdura dentro y esperar unos minutos a la potencia rigurosamente detallada en el segundo paso del breve manual del anverso del crujiente y flexible recipiente.

Pensé y reflexioné durante unos minutos, mas bien, si se me hubiese visto desde fuera, se diría que me quedé pasmado, sin saber reaccionar frente a tal sacrilegio modernista de la cocina: prescindir del fuego lento y el agua con sal para enjuagar las prisioneras verduras que trataban de colocarse en orden de salida de su transparente celda.

Puse la cacerola con agua y sal a hervir y me fui a la ducha.  Sin abrir la bolsa, ni decidir dónde iría, al fin, a cocer mis verduras

Mientras me caía el agua caliente por mis hombros, devolviéndome algo de mi ser perdido durante el día en reconfortante momento de vapor y humedad, pensé sin quererlo en mis verduras troceadas, lavadas y ya preparadas para ser cocinadas, y que me esperaban en la cocina.

Me sentí cruel, habiendo dejado encerradas tan siquiera un minuto mas, a las verduras dentro de su bolsa.

Salí de la ducha y me dirigí a la cocina.

Dejé que las verduras disfrutasen del mismo modo que minutos antes mi piel había hecho.    Compartimos unos minutos de burbujeo ardiente que depuraba la dura jornada vivida.  La sauna, queda para otro día.