No sé si Gladiator es o no una buena película, pero de lo que no tengo duda es de que es una maravillosa historia. O mejor: un cúmulo de historias maravillosas. Metáfora certera sobre el error de la venganza, sobre la ambición de poder, sobre el renacer tras haber sucumbido, sobre los lazos que se forjan entre los seres humanos y que perviven más allá de la muerte, además de sobre muchas más cosas, Gladiator es, sobre todo, una historia sobre lo absurdo de morir en vida. Porque Máximo, el protagonista, lo que quiere relamente no es tanto vengarse, sino morir para reunirse con los suyos, muertos ya por orden imperial. ¿Y no resulta entonces su vida un precio absurdo, una vida que además, tras una infinidad de desdichas, por fin se aparecía prometedora? Porque la vida es para ser vivida, tiempo habrá ya de morir. Como dice en varias ocasiones ese otro gladiador que, aceptado ya el dolor de la separación, también quiere morir, pero puesto que todavía está vivo repite constantemente: “pero no ahora”. Y de hecho, asistimos al término de esta historia con una sensación de pérdida, de fracaso, de haber sido derrotados a pesar de haber conseguido la victoria, de haber dejado malograrse algo hermoso justo cuando ya lo teníamos al alcance de nuestra mano.

Yo no sé qué porcentaje le corresponde a la historia en una película, ni creo que la cuestión más importante sea responder a esa pregunta, que por otra parte tal vez no tenga  una respuesta posible, porque para mi no es una cuestión de cantidades, ni de cualidades, sino de ensamblaje. Una película es un todo, del mismo modo que un cuadro es más que la escena que representa. Y en Gladiator, los elementos que forman ese todo actúan constantemnte como una fuerza única y poderosa al servicio de la historia.

En la película hay momentos excelentes, como la declaración del protagonista cuando descubre su identidad ante el emperador, o como las conversaciones al principio entre Máximo y Marco Aurelio. Y hay momentos sublimes, de cine incontestable, pues son imagen pura hablando por sí sola, como esa mano acariciando las espigas (mano vencedora a la vez que vencida, capaz no sólo de la mayor atrocidad, sino también de la mayor ternura), como la aparición de Comodo en la tienda de su padre (borroso, tras las cortinas, anunciando tragedia) o como ese breve momento en que el sol penetra por entre los intersticios de la puerta cuando los gladiadores están a punto de salir por primera vez a la arena (un sol que no va a ser portador de vida, sino de muerte). Metáforas también, sutiles y terribles, cada una de las cuales constituye por sí sola un excelente cortometraje sobre la fortaleza y la fragilidad de una mano, sobre la aparición en escena de un personaje, o sobre el equívoco significado de un símbolo tan inequívoco como puede ser el sol.

Dice Ridley Scott que para él lo importante en una película es la historia, y en Gladiator, como antes en Alien, el octavo pasajero y más tarde en Blade runner, ha llevado ese pensamiento a la práctica con absoluta perfección. Porque Gladiator, película efectista donde las haya (ambientación recargada, música omnipresente, interpretación desigualmente teatral, ritmo escandido al servicio de pausas emotivas, etc.), no es “una” historia a secas, desnuda (como por ejemplo el Espartaco de Kubrick), sino que es sobre todo “la” historia de un ser humano, de un grupo de seres humanos, tan humanos como podemos ser, o como hemos podido ser, o como deberíamos aspirar a ser, algún día nosotros.

El cine, como cualquier obra del hombre, preténdalo ésta o no, habla siempre de la vida (la que es, la que fue, la que será, la deseada, la no deseada, la posible, la imposible…), y Gladiator, como las buenas películas, lo hace sacudiéndote hasta el tuétano y dejándote con el alma al aire durante un tiempo. Por eso, a pesar de haberla visto ya no sé cuántas veces, siempre estoy deseando volver a verla otra vez. Y por eso, cada vez que
lo hago, no puedo evitar sobrecogerme y sentirme removido de arriba abajo. Porque lo que hace Gladiator es mostrar, sobre todo, que nunca hay que renunciar a la vida, sino al contrario: siempre, absolutamente, con toda la fuerza y la intensidad del alma, hacer todo lo posible y lo imposible por vivir.

Porque estamos aquí para eso. Tiempo habrá ya de morir.

 

Angel Lozano