Recuerdo como si hubiese sido ayer el momento en que un amigo me dio la noticia de la muerte de Elvis Presley. Y recuerdo lo primero que me vino a la cabeza: “hay gente que no debería morir nunca”. Desde entonces, muchas veces he vuelto a tener ese pensamiento. La última hace solo unos días, al conocer las muertes, tan seguidas, de dos símbolos maravillosos de mi infancia: Tony Leblanc y Miliki. Y con la de ellos, la del enfant terrible Cristobalito Gazmoño”, la de aquel anciano de melena blanca que no paraba de toser –ambos puro Leblanc-, y la de todos los payasos de la tele.

No nos damos cuenta porque pasa muy rápido, pero la infancia es lo más nuestro que tenemos. Y parece que crecer tiene que ser superar, olvidar, abandonar, renunciar… Yo no creo que sea así. Yo creo que crecer es solamente transformar lo que ya somos, construirnos sobre nuestra base, ganarnos sin el menor temor a perdernos.

Somos el niño que fuimos con diez años y a la vez el anciano que algún día tendrá ochenta si conseguimos llegar ahí, pero, siendo alguien distinto en cada etapa, somos solo uno: el mismo. ¿Quién dudaría eso? Pero dudamos…, y olvidamos. Y embadurnados en esa incierta tarea de convertirnos en adultos, es gracias a personas como Tony y Miliki que nuestra infancia sigue vívida dentro de nosotros, jugando con nosotros, aprendiendo con nosotros, soñando con nosotros. Como un árbol que nunca se marchita, crece por dentro alimentándonos desde la tierra que nos sostuvo de pequeños haciéndonos crecer apuntando hacia lo alto, hacia el espacio en el que un día hemos de convertirnos. Y, como si fuéramos aún ese árbol, son las personas como Miliki y como Tony las que con su oficio han sabido regar nuestra raíz, fortalecer nuestro tronco, hacer que otros quieran anidar en nuestras ramas, cobijarse bajo nuestras hojas, probar nuestros frutos… Y sobre todo, es gracias a ellos que podemos ver el mundo desde arriba, desde la altura a la que ellos nos han hecho elevarnos.

Por eso, a pesar de la tristeza de que alguien se vaya, siento que con Tony y con Miliki no se ha ido mi infancia –como tampoco se fue con Gaby, ni con Fofó, ni con tantos y tantos otros-, porque su savia la ha anclado a mí de tal modo que ya es totalmente imposible su marcha.
¡Gracias, chicos! ¡Cada día sigo riendo y creciendo con vosotros!

Angel Lozano