¿Qué es ser amo de casa? El asunto se las trae. El nombrecito incluso espanta a algunos, aunque menos cada vez, por fortuna. Porque lo cierto es que, independientemente de lo que eso signifique en realidad, ser más o menos amo de casa es algo que va dejando de extrañar, aunque aún quede un largo camino… interior por recorrer. O no tanto.

Estas son en líneas generales las distintas tipologías que podemos encontrar sobre el terreno:
Ante todo, descarto de antemano al homo machus, el del “eso no es cosa mía”, “eso no es de hombres”, o de los capciosos -y peores todavía por tanto, pues son a sabiendas y con nocturnidad y alevosía- “yo no tengo ni idea” y “no sé qué hay que hacer”, porque si tuvieran que cobrar un billete de lotería seguro que sí sabrían, y si no preguntarían. Este tipo, al excluirse él solo directamente de algo con lo que además es el mayor agraciado no merece siquiera la menor consideración. Y no lo siento en absoluto.

Yendo de menos a más, un tipo frecuente, y no tan alejado del homo machus por mucho que la mayoría de sus prototípicos representantes traten de distanciarse de él, es el Homo escaqueandus, cuyo plantemiento teórico es el de pleno-amo-de-casa, pero cuya acción en la práctica suele llegar casualmente tarde -su frase más significativa es “pensaba hacerlo yo”-, con lo cual consigue dar bastante bien el pego aunque no engañe a nadie.

En un siguiente escalón se encuentra el homo utilitaris, el de la división del trabajo: el del “yo me ocupo ya de otras cosas”, frase de nulo contenido semántico y de una indefinición que asusta, porque ¿dónde puede establecerse la frontera entre las tareas relacionadas con los asuntos de la casa y las que no lo están? ¿Espacialmente dentro del límite de sus paredes? ¿Temporalmente en el hecho de que su desempeño se realice dentro o fuera? ¿Objetualmente según se trate de algo que no pertenece de modo directo a la casa: el coche, el colegio, un viaje, etc.? De manera que este tipo puede identificarse bastante con los anteriores, pues no es más que la encubierta y astuta racionalización de la actitud define a ambos.

Bajo su estudiada apariencia de amo de casa, en un terreno todavía alejado de él a pesar de lo que su adaptación al medio pueda hacer creer a veces, se esconde el Homo practicus, el que “hecha una mano” porque no queda más remedio, ya que los tiempos mandan. Es decir: como quien cumple un castigo o sufre un contratiempo que hay que saber sobrellevar, lo cual, si bien le otorga ya algo de mérito, todavía no supone demasiado.

Como último tipo característico, y sin alcanzar todavía la categoría de amo de casa aunque muchos de sus representantes así se consideren y hasta presuman de ello en algunos contextos -no en todos, por si acaso-, se encuentra el Homo colaborandus, el que sí participa de buena gana y con disposición pero no pasa de ser un electrodoméstico más, con la única ventaja de que, a diferencia de los demás aparatos caseros, que tienen una especialización y sólo sirven para una o un par de cosas generalmente, su capacidad le permite hacer cosas muy diversas y que no tienen nada que ver unas con otras. Así, ayuda a limpiar, ayuda a lavar, ayuda a planchar, ayuda a preparar la comida, ayuda a recoger, ayuda a comprar… Ayuda, ayuda, ayuda… Es decir: por intensa que sea su actividad, ésta carece de iniciativa alguna y, si no se oprime su botón de arranque, continúa apagado.

Entonces: ¿qué convierte a un hombre en amo de casa? No creo que sea el simple hecho que realice tareas domésticas –la sociedad de la que formamos parte impone a veces de un modo insoslayable el cambio de roles-, y tampoco creo que sea la cantidad de tiempo dedicado a ella, pues unos dedican más y ni son ni se sienten para nada amos de casa -al contrario: se avergüenzan o incluso abominan de ello- y otros dedican menos, e incluso mucho menos, y en cambio lo son plenamente.
Lo que convierte a un hombre en auténtico amo de casa, independientemente de que sea a tiempo total o
parcial, es, como siempre que se trata de seres humanos, el espíritu con el que ejecuta su acción, en este caso el espíritu con el que desempeña ese rol. El amo de casa es un líder, y por tanto se ocupa de la vida de la casa liderando las actividades necesarias para que la casa sea eso: la casa, y no una cueva, una madriguera o un habitáculo cualquiera donde resguardarse del mal tiempo, del mismo modo que un padre no es quien simplemente tiene que ocuparse de sus hijos, sino quien lo hace como algo que forma parte de su vida, e igual que el amigo no es el del compromiso, sino el del corazón.

No sabría hacer una lista por orden de importancia de los atributos diferenciadores del ser humano respecto a los demás seres con los que convive, pero uno de ellos, desde luego, es la facultad de discernir, y, con ella, la de decidir. El don de la libertad, ese maravilloso regalo que solemos infrautilizar y hasta despreciar sin darnos cuenta siquiera de que es nuestra más poderosa posibilidad, consiste precisamente en eso: en la capacidad de elegir a cada instante qué consideramos bueno o malo para nosotros, qué nos hace sentir mejor o peor, qué nos hace ser en un momento determinado felices o desgraciados. Decía el emperador filósofo Marco Aurelio: “es inútil irritarse con las cosas, pues de nada se preocupan”, y es verdad que es así: las cosas, sean materiales o inmateriales, son lo que son independientemente de nosotros; por eso existía el mundo antes de que llegásemos a él y por eso va a seguir cuando lo hayamos dejado. Pero para llenar el intervalo los que decidimos somos nosotros. Ser amo de casa es otra actividad más. ¿Por qué no hacerla nuestra como otras? Por respeto a quienes viven con nosotros y sí se ocupan de ellas, ¡y porque somos sus beneficiarios inmediatos además!

Yo creo sinceramente que todos esos homo -con sus múltiples variedades que a buen seguro trascenderían el breve espacio de un artículo y llenarían un libro- aunque ellos crean que es lo que ganan en realidad se lo están perdiendo. Porque la cuestión no es si las tareas de la casa son emocionantes, divertidas, gratificantes o ¡vocacionales!…. La cuestión es que hay que hacerlas, y punto. Ser amo de casa no es otra cosa que ocuparse de las necesidades y los asuntos de la casa y de quienes viven en ella. ¿Hay algo de malo en eso? Yo diría que al contrario. Es una maravillosa ocasión para hacerse útil. Para dar.

Alguien ha definido la felicidad como “un continuo de momentos que no son resistidos”. Ser amo de casa, como una actitud más ante la vida, no es un castigo ni un infortunio, ni siquiera es un obstáculo, sino una gran oportunidad más, como ser padre, amigo, compañero, hijo, vecino… Es algo que nos toca vivir en esta parcela de mundo y en la época en las que hemos aterrizado, como en otras nos habría tocado ser otras cosas.

La vida es una autovía y un sendero entre montañas, y los dos están repletos de cuestas empinadas. SER amo de casa, puede ser una hermosa posibilidad de que, cuando todo apuntaba a que lo que tocaba era subir, el camino consista en realidad únicamente en bajar.

Angel Lozano