Hace años tuve un gran amigo, alto ejecutivo al que la vida había sonreído desde niño. Había nacido en una buena familia y nunca le había faltado de nada, al contrario, le había sobrado, aunque él siempre supo encajar esta circunstancia y era muy humano. Sus estudios fueron maravillosamente bien, había triunfado en el deporte en su juventud, encontró pronto un trabajo bien remunerado, ascendió rápidamente siendo muy valorado y apreciado por sus jefes, conoció a una chica excelente en su empresa, se casó con ella, tuvo su primer hijo… Además, su relación con sus padres era magnífica, y tenía muchos amigos que lo apreciaban de verdad. Y de pronto, en poco más de un año, lo perdió todo: primero murió su madre, de repente; pocos meses después la siguió su padre, y aún no había terminado el año cuando su hijo, de trece años, murió también en un accidente de coche. Como consecuencia de este hecho, su mujer entró en depresión, incapaz de rehacer su vida, y finalmente se suicidó.

¡Habían transcurrido solamente catorce meses desde que había empezado todo con la muerte de su madre!

Entretanto, él también había entrado en depresión. Tuvo problemas en su empresa, perdió su trabajo y no se encontraba con la energía necesaria para buscar otro. Su nivel de vida había sido muy alto y ya no podía mantenerlo, de modo que tuvo que poner en venta propiedades, y entró en barrena hacia su destrucción. Constantemente se lamentaba, pues no entendía por qué le había sucedido aquel cúmulo de desdichas. Siempre decía que no le hubiera importado perder esto o aquello, pero ¿todo?, y, en su desesperación, hacía listas donde colocaba por lotes cosas que no le hubiera importado perder siempre que hubiera podido mantener otras.

Él y yo hablábamos mucho, entonces, del significado de la vida, de su sentido o de su sinsentido, y del valor de las cosas que encontramos aquí y que creemos que son nuestras pero no lo son, pues estaban antes de que llegáramos nosotros y permanecerán una vez que tarde o temprano nos hayamos ido. Y además de hablar e intercambiar pensamientos e inquietudes, intercambiábamos libros.

Un día se me ocurrió regalarle uno: Ilusiones, de Richard Bach. Aunque se encontraba bastante deprimido, lo leyó en una noche. Y a partir de ese momento, él mismo no entendía cómo se había producido ese hecho, su pensamiento cambió. Empezó a entender que, aunque no sabía por qué se habían cebado en él aquellas desgracias, debía aceptar que hubiera sido así, y que la vida, que es más sabia que cualquiera de nosotros, lo habría hecho cargar con ellas por alguna razón. Y desde ese momento -¿simple coincidencia?- cambió su fortuna. Se restableció, buscó trabajo otra vez –había dejado un buen recuerdo en su entorno laboral- y no tardó en encontrarlo, conoció a una mujer maravillosa y finalmente se casó con ella.

Todo parecía volver a irle bien cuando, apenas un mes después de su boda, le diagnosticaron un cáncer. Terminal. Los médicos se admiraban de que la enfermedad, dado su avanzado estado, no hubiera manifestado sus síntomas antes. Tanto yo como su mujer -que sabía por todo lo que había pasado- nos echamos a temblar creyendo que en cualquier momento volvería a caer en la desesperación. Pero no cayó. Recuerdo que cuando ella y yo nos encontrábamos nuestra primera mirada, temerosa, era siempre interrogadora, como preguntando: “¿ha dado ya alguna señal de su hundimiento?” Pero él, lejos de hundirse, permanecía imperturbable. Y mientras luchaba contra la cruel enfermedad con todas sus fuerzas era él, increíblemente, quien nos animaba a vivir a nosotros.

Murió unos meses después de aquel certero diagnóstico, dejando a su mujer embarazada de una niña. Y murió sereno, pues aunque –como él decía- le dolía separarse temporalmente de aquello que quería, había tenido la fortuna de llegar a comprender, gracias a lo que le había ocurrido, que el sentido de la vida, lo importante, lo que de verdad nos forja y construye nuestra alma, no es la victoria, como
nuestra vanidosa y mezquina cultura se empeña en hacernos creer, sino la lucha; porque –repetía él una y otra vez- “el que lucha vive, es el que desiste el que ya ha elegido morir”.

Muchas veces le recuerdo, y cuando lo hago trato de tener bien presente lo que con su comportamiento me enseñó. Y no puedo evitar pensar que aunque aquel libro que yo le regalé no pudo salvarlo de una muerte en la que ya había caído, finalmente le salvó la vida.

 

 

 

Angel Lozano