¿Qué es un best-seller literario? ¿Existe el best-seller como un género aparte? ¿Hablamos todos de lo mismo cuando hablamos de best-seller? ¿Puede un best-seller tener calidad literaria ? ¿Puede tener incluso tanta o más calidad literaria que una obra catalogada como “literatura de calidad”? ¿Es la calidad literaria cuantificable, cualificable, evaluable?

No pretendo resolver con estas líneas ni éstas ni otras dudas similares. Al contrario, me alegraría saber que todavía genero más. Y es que creo que quien se haga la pregunta del título es una víctima, otra vez, de la manía de etiquetar. Etiquetar en sí no me parece pernicioso; al contrario: sistematiza, esclarece, facilita cualquier labor posterior. Pero lo que sí me aterra es el prejuicio que inevitablemente se instala sobre las cosas como un abominable parásito tras el acto de etiquetar.

Como escritor, trato de hacer literatura de calidad. Sin embargo, reconozco que me encantaría que mis libros fueran best-sellers mundiales antes incluso de ser escritos. ¿No es eso lo que ocurre con los astronómicos anticipos que se pagan a veces a la firma de un encargo porque se sabe de antemano cuántos ejemplares va a vender el autor? Y esto ya me lleva a pensar en una característica propia del best-seller: que es posible llamarlo de ese modo desde antes de que se produzca su nacimiento. Y no me refiero aquí a su publicación como libro, sino a antes todavía: cuando aún no ha sido escrito. Es decir: uno coge un paquete de folios en blanco y afirma: esto es un best-seller. ¿Diría alguien que estamos hablando de literatura?

Por lo tanto, la pregunta no es la inicial, sino esta otra: ¿tiene el best-seller algo que ver con la literatura? Y la respuesta es: absolutamente no. El concepto de best-seller es puramente económico, y ha de vincularse únicamente a una de estas dos dimensiones: el tiempo o la imposición. El tiempo: un libro que no se vendió nada hace años -diez, cincuenta, cien, doscientos, los que sean- se convierte de pronto en lo más preciado porque el autor es “descubierto” o “rescatado” del olvido por alguien, o porque se ha hecho famoso por otro libro o hasta por otra causa ajena a sus libros, o porque resulta que ese libro se adelantaba a su tiempo y eso es algo que sólo podía ser valorado después, etc. Y la imposición: sea ésta descarada –el marketing y la publicidad- o sutil -la acción de un grupo o una ideología dominante, por ejemplo-, o sean ambas a la vez.

¿Pero tienen algo que ver con la literatura o con la calidad literaria la imposición o el tiempo? Es decir, todos esos libros que cuando se publicaron provocaron la muerte por hambre de su autor y que hoy son consideradas obras maestras y además son cada año los libros más vendidos –es decir: best-sellers-, ¿eran malos hasta que llegó un día en que por arte de magia empezaron a ser buenos? Nadie en sus cabales se lo cree. Pero entonces, si el concepto de best-seller no es literario, sino económico, ¿qué hacemos calificando la literatura en función de “buena literatura” o “best-seller”, es decir, de “literatura” o “no-literatura”? ¿Es que somos nosotros, habitantes de este pequeño rincón del siglo XXI, quienes tenemos la clave de lo es que buena o mala literatura? Porque, no nos engañemos, si dentro de doscientos años no nos hubiésemos ido todos a paseo y pudiésemos ver qué libros y qué autores son los más vendidos para entonces, nos llevaríamos más de una sorpresa. Ha ocurrido ya infinidad de veces.

Por mi parte, confieso haber vibrado muy íntimamente leyendo algún que otro best-seller que se supone que era un bodrio que sólo iba a servir para entretenerme. Y confieso también haber bostezado y sentirme engañado leyendo libros que iban a cambiar mi vida y que lo único que cambiaron fue de manos el dinero que pagué por ellos. Así que quiero ahora, con todo el descaro del que soy capaz, reivindicar desde aquí, si no el best-seller, sí al menos el beneficio de la duda para el best-seller.

El arte -y la literatura es también arte- es algo interior. Lo otro, la etiqueta que le ponen los que van de que saben, empobrece, atonta, anestesia, y como una catarata pertinaz e inoportuna de la mente impide siempre ver si hay algo que merezca la pena escondido detrás.

Angel Lozano